Toda la vida nos han enseñado a buscar sin parar:
respuestas, sentido, amor, éxito, estabilidad, algo que tape
ese vacío. Ya sabes de qué te hablo. Pero nadie nos dijo que
hay cosas que solo aparecen cuando dejamos de perseguirlas.
El amor llega cuando dejamos de mendigarlo, el propósito se
muestra cuando dejamos de forzarlo, lo perdido vuelve
cuando soltamos el control. Vivimos creyendo que todo
depende del esfuerzo, cuando a veces lo más sabio es
rendirse a la vida.
Nos cuesta aceptar que hay búsquedas que solo se resuelven
cuando dejamos de buscarlas. Que la paz no se alcanza
corriendo detrás de ella, sino parando y sintiéndola. Que no
siempre hace falta ir… a veces basta con estar.
Nos enseñaron a acumular logros, pero no a confiar.
A planear el futuro, pero no a rendirnos al misterio del
presente. Nadie nos dijo que soltar también es un acto de
amor. Que el alma no siempre quiere certezas, a veces solo
quiere libertad.
Tal vez no se trata de encontrar, sino de permitir que la vida
nos encuentre. Dejar de buscar no es rendirse, es abrir
espacio. Es decirle a la vida: aquí estoy. No para forzar, sino
para recibir.
Porque al final, cuando dejas de correr, la vida suele
alcanzarte.